Esta obra comienza antes de que los espectadores entren a la
sala, porque una mujer nos espera dentro para comenzar a vivir (o actuar) para
nosotros. Es una mujer que espera, pero no sólo al espectador, sino que transita
una espera continua. Mientras la vemos
allí sentada, esperando, parece que el tiempo se detiene en su mirada; una
mirada perdida en la nada, o en la búsqueda de reconocer en algún espectador la
cara con la que sueña. Quizás espera la realización de un sueño, quizás la
reinvindicación de un tiempo pasado, o tal vez la posibilidad de inventar
alguno mejor, utilizando el recurso más efectivo que poseemos: la imaginación.
En el espacio escénico que nos proponen las directoras se
puede observar un cuadro en el centro equidistante del escenario, suspendido en
el aire, suspendido al igual que muchas de nuestras fantasías. En este cuadro
vemos la figura de una mujer con un vestido blanco, y es difícil no prestarle
nuestra atención. La mujer que esperaba se levanta de su asiento, juntando
coraje, y se propone a barrer el suelo (tal vez así pueda limpiar algún recuerdo).
Ella sale hacia otra habitación. Cuando vuelve a entrar, en el cuadro en el que
estaba la mujer, ya no habrá mujer, sino sólo un fondo sin figura humana.
Caleidoscopiosis
se propone jugar con la posibilidad de penetrar lo imposible, rompiendo las
barreras que separan lo real y lo imaginario. Es un conjunto de imágenes que
pueden ser reales, y efectivamente lo son; de vivencias que se potencian por el
deseo de que ocurran; es un caleidoscopio donde todo se mezcla y se confunde,
donde se borran los límites de lo imposible, y donde todo es tan fantástico
como real.
La obra es una exploración por un oscuro purgatorio de
dudas, donde dos extremos pujan con fuerza para arrastrar a Alelí (la mujer del
cuadro) hacia dos lados aparentemente contrapuestos: ser alguien en la vida, o ser
una Nadie. La señora que esperaba intenta educar a Alelí con cultura general,
con un conocimiento supuestamente necesario para la vida y para poder progresar
y ser una persona respetable en la sociedad. Sin embargo, ella se encuentra
atraída por otra posibilidad que la apasiona: la posibilidad de ser Nadie.
La Nada se personifica en un personaje con cuerpo de actriz
y con una férrea convicción de que ser Nadie es apasionante. Nadie le muestra a
Alelí las maravillas de la libertad absoluta, las posibilidades infinitas de la
realización de la propia mismidad, y el maravilloso camino misterioso que va
hacia dentro, hacia el conocimiento de uno mismo, que nos lleva a descubrir que
en realidad todos somos parte de una misma alma. Sólo vemos apariencias, sólo
vemos un velo, una cortina de mentiras metafísicas. Tenemos que aprender a
correrlo para poder percibir la verdadera realidad: la Unidad absoluta.
Ficha técnica
Actrices: Marta
Blanco, Geraldina Gignoli, Julia Valentinelli.
Directoras: Carim
Dip, Dinorah Glikstein.


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