domingo, 28 de febrero de 2016

La historia de Ixquic (Teatro)

Suele decirse que actuar es interpretar a otro; y que, utilizando el cuerpo como medio, el actor deja de ser uno mismo para convertirse en un personaje. De esta manera se logra representar la historia de la cual aquel pretende hablar. Sin embargo, Rubén Pagura, en este unipersonal en el que interpreta una multitud de personajes, nunca deja de ser él mismo, cosa que se puede notar al percibir la pasión con la que se entrega a este unipersonal; y la pasión nunca se puede fingir.


 El motivo que impulsó al nacimiento de esta obra fue el de narrar La historia de Ixquic, cuya fuente es el Popol Vuh (libro sagrado de los Mayas-Quichés). El nombre completo del libro es Popol Vuh: las historias del antiguo Quiché, y se trata de una recopilación de las historias ancestrales de la región del Quiché, lo que hoy se conoce como Guatemala (y sus alrededores); historias que cuentan los acontecimientos que explican cómo los dioses crearon el mundo, y cómo surgió todo lo que hoy podemos ver en él. El libro original del Popol Vuh se ha perdido en algún rincón de la historia. La versión que conocemos ha sido escrita por un autor anónimo, quien, habiendo aprendido la lengua latina (luego de la llegada de los conquistadores), dejó escritas las historias perdidas del Popol Vuh.

Según el Popol Vuh, Ixquic era una niña que vivía junto a su padre en el Reino del Xibalbá. Este lugar, llamado Xibalbá, es el inframundo Maya-Quiché. En él vivían los Señores del Xibalbá (entre ellos Cuchumaquic, padre de Ixquic) quienes causaban todos los males de los habitantes del mundo. Ixquic era curiosa. Un día escuchó la historia de Hun-Hunahpú, a quien le cortaron la cabeza, para luego colocarla en un árbol. Ixquic deseaba ir a ver este árbol en el que estaba la cabeza de Hun-Hunahpú, pero su padre Cuchumaquic se lo prohibió. Ella lo desobedeció y fue a visitarlo. Cuando Ixquic llegó al árbol, la cabeza de Hun-Hunahpú le habló, y le escupió saliva sobre la mano a Ixquic, dejándola embarazada, y con la descendencia de Hun-Hunahpú en su vientre. De esta manera comienza La historia de Ixquic. Mágica historia de traiciones, misterios y pasiones.

Al entrar a la sala de teatro uno se encuentra con un inmenso mural pintado con figuras que representan las historias del Popol Vuh, y en particular a los personajes de La historia de Ixquic. Es una bella imagen, impactante por su imponencia y su misterio. Acompañando el mural, en el escenario también se observa un conjunto de instrumentos autóctonos de la región Maya-Quiché (hoy Guatemala). El actor hará uso, tanto de los instrumentos como del mural, durante toda la obra, apoyándose en ellos como recursos para narrar la historia.


La historia de Ixquic es relatada por Rubén Pagura con un llamativo nivel de entrega al acto teatral. Es admirable la capacidad de Pagura, actor y cantautor nacido en 1949,  para encarnar una gran cantidad de personajes, cada uno de ellos con una presencia y una corporalidad distintas, cosa que ayuda al espectador a seguir la linealidad de la historia, que por sí misma es complicada por el desconocimiento de los hechos y la falta de costumbre de escuchar nombres como los que figuran en el Popol Vuh. El actor adapta su cuerpo a las características de cada personaje, mostrando un intenso trabajo corporal, y una soberbia flexibilidad actoral.

La historia de Ixquic es contada no sólo con el cuerpo y la voz hablada del actor, sino también a través de música de la región. Es para destacar la calidad vocal y musical, así como la habilidad multi-instrumentista de Pagura, a quien por momentos podemos ver tocando dos flautas a la vez, o interpretando varios instrumentos mientras canta canciones, atrapando al oyente-espectador, quien se puede encontrar embelesado por el conjunto artístico que percibe.


La historia de Ixquic no es una historia más, porque logra revivir una herencia olvidada por religiones que se imponen con fuerza aplastante, y permite conocer una de las tantas maneras que tiene la humanidad para explicar el origen del mundo y de la existencia. Rubén Pagura le presta el cuerpo a los seres maravillosos que, según la tradición Maya-Quiché, hicieron que exista el mundo tal como lo conocemos, y sin los cuales la humanidad misma nunca habría llegado a disfrutarlo.


En La historia de Ixquic el actor atraviesa la linealidad temporal y realiza la posibilidad metafísica de encarnar un dios; interpreta los orígenes de la moralidad siendo él mismo la maldad extrema, y la purísima bondad; y juega con la inocencia de un niño en un mundo donde se respira magia y fantasía.