Suele decirse que actuar es interpretar a otro; y que, utilizando
el cuerpo como medio, el actor deja de ser uno mismo para convertirse en un
personaje. De esta manera se logra representar la historia de la cual aquel
pretende hablar. Sin embargo, Rubén Pagura, en este unipersonal en el que
interpreta una multitud de personajes, nunca deja de ser él mismo, cosa que se
puede notar al percibir la pasión con la que se entrega a este
unipersonal; y la pasión nunca se puede fingir.
El motivo que impulsó
al nacimiento de esta obra fue el de narrar La
historia de Ixquic, cuya fuente es el Popol
Vuh (libro sagrado de los Mayas-Quichés). El nombre completo del libro es Popol Vuh: las historias del antiguo Quiché,
y se trata de una recopilación de las historias ancestrales de la región del
Quiché, lo que hoy se conoce como Guatemala (y sus alrededores); historias que cuentan
los acontecimientos que explican cómo los dioses crearon el mundo, y cómo surgió
todo lo que hoy podemos ver en él. El libro original del Popol Vuh se ha perdido en algún rincón de la historia. La versión
que conocemos ha sido escrita por un autor anónimo, quien, habiendo aprendido
la lengua latina (luego de la llegada de los conquistadores), dejó escritas las
historias perdidas del Popol Vuh.
Según el Popol Vuh, Ixquic
era una niña que vivía junto a su padre en el Reino del Xibalbá. Este lugar,
llamado Xibalbá, es el inframundo Maya-Quiché. En él vivían los Señores del
Xibalbá (entre ellos Cuchumaquic, padre de Ixquic) quienes causaban todos los
males de los habitantes del mundo. Ixquic era curiosa. Un día escuchó la
historia de Hun-Hunahpú, a quien le cortaron la cabeza, para luego colocarla en
un árbol. Ixquic deseaba ir a ver este árbol en el que estaba la cabeza de Hun-Hunahpú,
pero su padre Cuchumaquic se lo prohibió. Ella lo desobedeció y fue a visitarlo.
Cuando Ixquic llegó al árbol, la cabeza de Hun-Hunahpú le habló, y le escupió
saliva sobre la mano a Ixquic, dejándola embarazada, y con la descendencia de
Hun-Hunahpú en su vientre. De esta manera comienza La historia de Ixquic. Mágica historia de traiciones, misterios y pasiones.
Al entrar a la sala de teatro uno se encuentra con un
inmenso mural pintado con figuras que representan las historias del Popol Vuh, y en particular a los
personajes de La historia de Ixquic. Es
una bella imagen, impactante por su imponencia y su misterio. Acompañando el
mural, en el escenario también se observa un conjunto de instrumentos
autóctonos de la región Maya-Quiché (hoy Guatemala). El actor hará uso, tanto
de los instrumentos como del mural, durante toda la obra, apoyándose en ellos
como recursos para narrar la historia.
La historia de Ixquic
es relatada por Rubén Pagura con un llamativo nivel de entrega al acto teatral.
Es admirable la capacidad de Pagura, actor y cantautor nacido en 1949, para encarnar una gran cantidad de personajes,
cada uno de ellos con una presencia y una corporalidad distintas, cosa que
ayuda al espectador a seguir la linealidad de la historia, que por sí misma es
complicada por el desconocimiento de los hechos y la falta de costumbre de
escuchar nombres como los que figuran en el Popol
Vuh. El actor adapta su cuerpo a las características de cada personaje,
mostrando un intenso trabajo corporal, y una soberbia flexibilidad actoral.
La historia de Ixquic
es contada no sólo con el cuerpo y la voz hablada del actor, sino también a
través de música de la región. Es para destacar la calidad vocal y musical, así
como la habilidad multi-instrumentista de Pagura, a quien por momentos podemos
ver tocando dos flautas a la vez, o interpretando varios instrumentos mientras
canta canciones, atrapando al oyente-espectador, quien se puede encontrar
embelesado por el conjunto artístico que percibe.
La historia de Ixquic
no es una historia más, porque logra revivir una herencia olvidada por
religiones que se imponen con fuerza aplastante, y permite conocer una de las
tantas maneras que tiene la humanidad para explicar el origen del mundo y de la
existencia. Rubén Pagura le presta el cuerpo a los seres maravillosos que,
según la tradición Maya-Quiché, hicieron que exista el mundo tal como lo
conocemos, y sin los cuales la humanidad misma nunca habría llegado a
disfrutarlo.
En La historia de
Ixquic el actor atraviesa la linealidad temporal y realiza la posibilidad
metafísica de encarnar un dios; interpreta los orígenes de la moralidad siendo
él mismo la maldad extrema, y la purísima bondad; y juega con la inocencia de
un niño en un mundo donde se respira magia y fantasía.


