El teatro rosarino me ha vuelto a estremecer. La mayoría de las obras que he podido presenciar me
han servido para sumar experiencias, tanto de vida como aprendizajes en este
arte tan complejo que es el teatro. Sin embargo, sólo unas pocas me penetraron
con esa fuerza tan irresistible capaz de hacer vibrar los átomos de los que
estoy hecho, marcando un antes y un después en mi forma de entender el teatro -y
la vida misma-. Esta es una de ellas.
Alicita alucinógena
es el nombre de la producción de los estudiantes del último año de la carrera
de Actuación de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres; pero también es el
nombre del producto artístico que conmocionó mis sentidos y que me secuestró de
la sucesión temporal, convirtiendo mi percepción de la duración de la obra en
un largo e intenso instante.
Tiempo atrás, Lewis Carrol transformó en palabras el
universo de sus sueños (o pesadillas), narrando las aventuras de una niña
llamada Alicia, quien se encuentra con un mundo donde reinan las maravillas y
la extravagancia. Este grupo de artistas me invitó al mundo que ellos crearon
para mí, para que yo viva mi propia aventura, tan onírica como real. Me
encontré a mí mismo en un neuropsiquiátrico dudando de mi cordura, inducido a
él por la fuerza de atracción que ejercían los cuerpos de los actores, cuerpos
transformados, pero sobre todo totalmente entregados.
La obra tiene una estructura fragmentaria, donde los hechos
no requieren una coherencia lógica ni lineal, y donde el tiempo sucesivo pierde
importancia. Los actores (perdiendo su identidad acostumbrada), interpretan a
personajes que se encuentran en el limbo más extraordinario: son la línea que
separa a la niñez y a la locura. Tanto los niños como los locos entregan su
alma en cada instante de su vida. No tienen nada que perder. Un actor en escena
debe ser un niño loco, debe entregase al juego de la ficción que se convierte
en realidad. Estos actores lo entendieron a la perfección.
Los espectáculos teatrales pueden ser analizados o
interpretados teniendo en cuenta diferentes factores, como pueden ser la
estética, el texto, las interpretaciones, la verosimilitud, y una infinidad de
etcéteras. La palabra estética (aisthesis)
significa percepción, sensibilidad. Los parámetros apolíneos de la racionalidad
quedan por fuera cuando las sensaciones son tan potentes. Todo espectáculo es
distinto, y considero que no se deben aplicar los mismos parámetros para todos.
Alicita alucinógena logró conmoverme
desde lo estético. Todos mis sentidos se vieron atraídos por la propuesta que
presenciaba. El conjunto de actuaciones, escenografía y vestuarios, luces, y
los otros elementos participantes, lograron conformar un todo envolvente, el
cual penetró mi sensibilidad y logró estremecerme.
Luego de ver esta obra puedo decir que vivencié desde
adentro lo que se siente al estar en un neuropsiquiátrico tan bizarro como
mágico y tenebroso; puedo decir que desconfié de mi razón, que sentí perderme en
los laberintos de la locura, dudando de la realidad que presenciaba, o
sintiéndola más viva que nunca; y también decir que viví momentos sólo
imaginables como pesadilla, una pesadilla hermosa que seguirá viviendo conmigo,
una imagen que jamás podré -ni querré- borrar de mi memoria.
Actúan: Franco Agüero, Raúl Apt, Samanta Barale, Germán Capomassi, Lucía Carlini, Jeniffer Murray, Rodrigo Osorio, María de los Ángeles Ramos Cavo, Marianela Rodriguez, Gabriela Soberchia, Victoria Vilardell.
Dirección y puesta en escena: Judith Ganón.
Autor: Creación colectiva.
Entrenamiento vocal: Beatriz Scabusso.
Escenografía: Judith Ganón y alumnos.
Vestuario y maquillaje: Ramiro Sorrequieta.
Diseño de luces: Diego Quillici.

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