lunes, 14 de marzo de 2016

Argentina de Golpe (Teatro)


Un solo actor recorre la historia argentina de los últimos 100 años prestando su cuerpo a seis personajes que representan diversas etapas. Atravesando diferentes períodos, los hechos se suceden a medida que los van comentando cada uno de los personajes. Cada uno de ellos habla desde su propia perspectiva -e ideología-. El espectador, de una u otra manera, logra establecer diálogo con aquellos que quedaron (aparentemente) sepultados en nuestra memoria colectiva.


Un inmigrante italiano que solicita que lo dejen votar; un oligarca, de bata y pantuflas, que organiza la política del país a través de golpes de Estado; un obrero peronista que vio nacer y decaer el su partido, pasando por la muerte de Eva y el exilio de Perón; un militar que conduce el país mientras Perón está exiliado; un militante que festeja la victoria de Cámpora en el '73, pero no por mucho tiempo; y un desaparecido durante la etapa sangrienta de la última dictadura, son los relatores escogidos para darle vida a la reflexión sobre nuestro pasado colectivo.



Argentina sufrió seis golpes de Estado en un siglo. En los tiempos en los que nacía nuestra independencia se dieron grandes luchas por obtener la soberanía sobre nuestro territorio, para poder tomar las decisiones por nosotros mismos, organizados en la gran comunidad que abarca la tierra que pisamos. Se declaró una constitución para ser respetada. Pero la sucesión del tiempo y las grandes ambiciones pisotearon seis veces (y más) aquellos principios, nuestros derechos primordiales.


Cada uno de los seis personajes posee una cámara para fotografiar a presidentes, políticos y militares; y también para retratar distintas realidades, provocadas por esas caras oscurecidas por la historia. El espectador cuenta con un apoyo audiovisual (se proyectan imágenes y videos en una pantalla al fondo del escenario) que ayuda a tener presentes quiénes fueron los que construyeron la historia del país, a golpes y sufragios. El recurso se vuelve necesario por la cantidad de apellidos que fueron parte de nuestro pasado. Algunos son harto recordados hoy en día, pero otros se escondieron en algún rincón del tiempo. Esta obra nos muestra que todos han sido imprescindibles -en mayor o menor medida- en el curso de los hechos que nos marcaron como país.

Tener presente nuestro pasado permite que tengamos conciencia. Esto resulta necesario para no volver a cometer (conscientemente) los mismos errores. Uno decide ser optimista y creer en la bondad de quienes nos gobiernan y en su altruismo desinteresado. Pero la historia nos muestra que la ciega confianza no siempre pone a la cabeza a hombres sinceros. La historia también muestra que, como dicen los Molotov: si le das más poder al poder, más duro te van a venir a… golpear (por no utilizar sus palabras exactas).


Diego Bollero es el actor que interpreta a los seis personajes y quien encuentra rasgos particulares en cada uno de ellos, sosteniendo la atención del espectador. El dramaturgo y director es Carlos Romagnoli, quien además construyó la escenografía y se encarga de la proyección de las imágenes y los videos que apoyan los hechos que se narran.


Argentina de golpe es una revisión histórica de la cual se puede extraer la respuesta a las preguntas quiénes somos, de dónde venimos, y tal vez hacia dónde nos estamos dirigiendo. La obra es una contundente reflexión sobre nosotros mismos y lo que tenemos dentro de la memoria. Argentina de golpe busca limpiar al futuro del polvo del pasado para que nuestra bandera pueda flamear a lo alto de algún mástil, y para que podamos mirarla con la frente erguida y una sonrisa en el rostro.

martes, 8 de marzo de 2016

Ya estoy solo (Teatro)

No toda persona tiene la oportunidad de confesarse. Cuando un hecho del pasado devora la conciencia, se siente la impetuosa necesidad de que el dolor se disuelva en el aire al ser nombrado. Y estando solo en el mundo, las palabras mueren en un grito sin sonido, imperceptible. El ser humano tiene voz por su alma; y si el grito no sale, es porque el alma está corrompida.


 Los hechos de Ya estoy solo ocurren en la filmación una película basada en los acontecimientos del Nuevo Testamento, y en particular sobre la historia del mártir que llegó a la tierra para salvar a la humanidad. La mujer que desnuda la historia es la encargada  -ni más, ni menos- de servir el agua a todos, y a cada uno de los involucrados en el proceso de la película. Tarea no menor, ya que sin agua el ser humano se deshidrata, y sin ella puede morir.

El escenario es una jaula. La mujer está encerrada esperando su condena, apresada en una cárcel de hierro y de miradas. Es consciente de su condición, sabe que necesita redimirse. Tiene su oportunidad. Relata los hechos buscando que alguien la escuche, para poder purificarse, y así merecer la ascensión. Ella quiere ser el ángel. Cada espectador será juez, capaz de condenarla por su crimen, o de permitirle la salvación eterna, para que ella pueda sentarse a la derecha de quien la invitó a sufrir la tierra.


Ya estoy solo pretende hablar de la condición humana en general, sin hacer distinción de sexos. Aunque observemos a una mujer, su voz es la de todas las personas que han sucumbido ante la soledad. “La ira es la versión desaforada de la tristeza”, dice en un momento. A través del recurso de la confesión ella busca purificar su alma, impregnada de una tristeza insondable.

La desesperación se vuelve carne en el cuerpo de Elisabet Cunsolo, actriz que interpreta una profunda y desgarradora soledad, explotando su capacidad corporal y expresiva, y con su actuación despierta un estruendo de sensaciones que hacen del espectador un sujeto -ineludiblemente- comprometido con la historia. La directora, Paula García Jurado, logró el equilibrio necesario entre los excesos que respiran en el corazón del texto. La dramaturgia es de Romina Mazzadi Arro, y trasluce un estilo que evoca al movimiento alemán Sturm und Drang, movimiento literario que nacía cuando la Tempestad y el Ímpetu de los sentimientos marcaban el curso de la historia.


Ya estoy solo es la voz que -si no sale- pudre el alma. Es la moneda arrojada al aire, suspendida e inerte, que espera la caída. La mirada de ojos tristes que ruega compasión. La manifestación de una sensibilidad perturbada que desea contemplar algún amanecer. Ya estoy solo es una obra de teatro que explora las profundidades del alma humana, luego de ahogarse en el desasosiego y la soledad. 


domingo, 28 de febrero de 2016

La historia de Ixquic (Teatro)

Suele decirse que actuar es interpretar a otro; y que, utilizando el cuerpo como medio, el actor deja de ser uno mismo para convertirse en un personaje. De esta manera se logra representar la historia de la cual aquel pretende hablar. Sin embargo, Rubén Pagura, en este unipersonal en el que interpreta una multitud de personajes, nunca deja de ser él mismo, cosa que se puede notar al percibir la pasión con la que se entrega a este unipersonal; y la pasión nunca se puede fingir.


 El motivo que impulsó al nacimiento de esta obra fue el de narrar La historia de Ixquic, cuya fuente es el Popol Vuh (libro sagrado de los Mayas-Quichés). El nombre completo del libro es Popol Vuh: las historias del antiguo Quiché, y se trata de una recopilación de las historias ancestrales de la región del Quiché, lo que hoy se conoce como Guatemala (y sus alrededores); historias que cuentan los acontecimientos que explican cómo los dioses crearon el mundo, y cómo surgió todo lo que hoy podemos ver en él. El libro original del Popol Vuh se ha perdido en algún rincón de la historia. La versión que conocemos ha sido escrita por un autor anónimo, quien, habiendo aprendido la lengua latina (luego de la llegada de los conquistadores), dejó escritas las historias perdidas del Popol Vuh.

Según el Popol Vuh, Ixquic era una niña que vivía junto a su padre en el Reino del Xibalbá. Este lugar, llamado Xibalbá, es el inframundo Maya-Quiché. En él vivían los Señores del Xibalbá (entre ellos Cuchumaquic, padre de Ixquic) quienes causaban todos los males de los habitantes del mundo. Ixquic era curiosa. Un día escuchó la historia de Hun-Hunahpú, a quien le cortaron la cabeza, para luego colocarla en un árbol. Ixquic deseaba ir a ver este árbol en el que estaba la cabeza de Hun-Hunahpú, pero su padre Cuchumaquic se lo prohibió. Ella lo desobedeció y fue a visitarlo. Cuando Ixquic llegó al árbol, la cabeza de Hun-Hunahpú le habló, y le escupió saliva sobre la mano a Ixquic, dejándola embarazada, y con la descendencia de Hun-Hunahpú en su vientre. De esta manera comienza La historia de Ixquic. Mágica historia de traiciones, misterios y pasiones.

Al entrar a la sala de teatro uno se encuentra con un inmenso mural pintado con figuras que representan las historias del Popol Vuh, y en particular a los personajes de La historia de Ixquic. Es una bella imagen, impactante por su imponencia y su misterio. Acompañando el mural, en el escenario también se observa un conjunto de instrumentos autóctonos de la región Maya-Quiché (hoy Guatemala). El actor hará uso, tanto de los instrumentos como del mural, durante toda la obra, apoyándose en ellos como recursos para narrar la historia.


La historia de Ixquic es relatada por Rubén Pagura con un llamativo nivel de entrega al acto teatral. Es admirable la capacidad de Pagura, actor y cantautor nacido en 1949,  para encarnar una gran cantidad de personajes, cada uno de ellos con una presencia y una corporalidad distintas, cosa que ayuda al espectador a seguir la linealidad de la historia, que por sí misma es complicada por el desconocimiento de los hechos y la falta de costumbre de escuchar nombres como los que figuran en el Popol Vuh. El actor adapta su cuerpo a las características de cada personaje, mostrando un intenso trabajo corporal, y una soberbia flexibilidad actoral.

La historia de Ixquic es contada no sólo con el cuerpo y la voz hablada del actor, sino también a través de música de la región. Es para destacar la calidad vocal y musical, así como la habilidad multi-instrumentista de Pagura, a quien por momentos podemos ver tocando dos flautas a la vez, o interpretando varios instrumentos mientras canta canciones, atrapando al oyente-espectador, quien se puede encontrar embelesado por el conjunto artístico que percibe.


La historia de Ixquic no es una historia más, porque logra revivir una herencia olvidada por religiones que se imponen con fuerza aplastante, y permite conocer una de las tantas maneras que tiene la humanidad para explicar el origen del mundo y de la existencia. Rubén Pagura le presta el cuerpo a los seres maravillosos que, según la tradición Maya-Quiché, hicieron que exista el mundo tal como lo conocemos, y sin los cuales la humanidad misma nunca habría llegado a disfrutarlo.


En La historia de Ixquic el actor atraviesa la linealidad temporal y realiza la posibilidad metafísica de encarnar un dios; interpreta los orígenes de la moralidad siendo él mismo la maldad extrema, y la purísima bondad; y juega con la inocencia de un niño en un mundo donde se respira magia y fantasía.