No toda persona tiene la oportunidad de confesarse. Cuando un
hecho del pasado devora la conciencia, se siente la impetuosa necesidad de que
el dolor se disuelva en el aire al ser nombrado. Y estando solo en el mundo, las palabras mueren en un grito sin sonido, imperceptible.
El ser humano tiene voz por su alma; y si el grito no sale, es porque el alma
está corrompida.
El escenario es una jaula. La mujer está encerrada esperando
su condena, apresada en una cárcel de hierro y de miradas. Es consciente de su
condición, sabe que necesita redimirse. Tiene su oportunidad. Relata los hechos
buscando que alguien la escuche, para poder purificarse, y así merecer la ascensión.
Ella quiere ser el ángel. Cada espectador será juez, capaz de condenarla por su
crimen, o de permitirle la salvación eterna, para que ella pueda sentarse a la
derecha de quien la invitó a sufrir la tierra.
Ya estoy solo
pretende hablar de la condición humana en general, sin hacer distinción de
sexos. Aunque observemos a una mujer, su voz es la de todas las personas que
han sucumbido ante la soledad. “La ira es
la versión desaforada de la tristeza”, dice en un momento. A través del
recurso de la confesión ella busca purificar su alma, impregnada de una tristeza
insondable.
La desesperación se vuelve carne en el cuerpo de Elisabet
Cunsolo, actriz que interpreta una profunda y desgarradora soledad, explotando
su capacidad corporal y expresiva, y con su actuación despierta un estruendo de
sensaciones que hacen del espectador un sujeto -ineludiblemente- comprometido
con la historia. La directora, Paula García Jurado, logró el equilibrio
necesario entre los excesos que respiran en el corazón del
texto. La dramaturgia es de Romina Mazzadi Arro, y trasluce un estilo que evoca
al movimiento alemán Sturm und Drang,
movimiento literario que nacía cuando la Tempestad y el Ímpetu de los
sentimientos marcaban el curso de la historia.
Ya estoy solo es
la voz que -si no sale- pudre el alma. Es la moneda arrojada al aire,
suspendida e inerte, que espera la caída. La mirada de ojos tristes que ruega
compasión. La manifestación de una sensibilidad perturbada que desea contemplar
algún amanecer. Ya estoy solo es una obra
de teatro que explora las profundidades del alma humana, luego de ahogarse en
el desasosiego y la soledad.




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